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Por Francisco Moyao


       ¿Qué imagen podemos forjarnos que reúna criterios comunes a la totalidad de los seres humanos y a sus antepasados? El pensamiento simbólico atestigua por sus obras, que ha hecho de la respuesta a ésta interrogante una de sus intuiciones fundamentales. Existen verdaderos símbolos del ser humano, y su mensaje es profundo, todos traducen, a su manera y realmente de formas infinitamente diversas, lo que entienden ser el rasgo más característico del ser humano en cuanto tal.
 
      Hemos de preguntarnos necesariamente si una percepción simbólica del ser humano y del mundo ¿no resultará demasiado anacrónica hoy en dia? En la actualidad existe un trágico dilema que parece oponer conocimiento científico y conocimiento simbólico, sin embargo, existe una concordancia de los símbolos con el pensamiento conceptual más profundo; estos dos procedimientos originales no son ni contradictorios ni independientes, sino complementarios. El conocimiento científico tiene como finalidad determinar las leyes de la naturaleza; el conocimiento simbólico ofrece su sentido.

     No obstante, el simbolismo carece de valor hasta tanto no ha sido objeto de una auténtica experiencia humana, lo que nada tiene que ver con una enumeración de nociones abstractas. El misterio que el ser humano percibe en la contemplación de la naturaleza no es tanto el del cosmos en si, cuanto el suyo propio reflejado en el cosmos. La función original de los símbolos es precisamente esta revelación existencial del ser humano a sí mismo, a través de una experiencia cosmológica. Esto sólo es posible porque existen entre el cosmos y el hombre profundas correspondencias.

     El símbolo tiene el incomparable privilegio de no oponer la opacidad de un en-si a la percepción de lo significado; es unicamente signo, transparencia: una ventana abierta al misterio, porque la realidad debe ser comprendida por causas intrinsecas a ella misma.
 
     Por ello, para pensar, expresar y objetivizar aquello que es ignorado, negado para el pensamiento común, el artista así como el científico y el filósofo, han de situarse totalamente, continuamente, en la diferencia, en aquello que no existe para ese pensamiento; debe salirse de ese esquema de la identidad para intentar ver las cosas diferentemente. Porque el verdadero arte trasciende la realidad dada, trabaja en la realidad establecida contra la realidad establecida. Porque el lenguaje del arte debe comunicar una verdad, una objetividad que no es accesible al lenguaje ordinario y la experiencia ordinaria.

     Este es sin duda, el caso de José Luis Cuevas, de quien se puede decir que ha desarrollado la máquina sensible para poder captar la Metafisica del ser humano, a través de su constancia, su necedad, su persistencia, su obsesión a lo largo de la vida,  en ese deambular por mundos desconocidos,  en ese trascender  a realidades ignotas, en ese retratar lo que los aparatos tecnológicos más sofisticados no permiten ver, y que constituye una parte tan íntima y tan profunda del ser humano que siempre se evita, se evade, se niega. Aquello que sólo la sensibilidad del artista percibe. Cuántas cosas ven los artistas que los demás no ven. Con razón se dice que el progreso del arte se convierte en un  triunfo sobre los prejuicios de la tradición.

     La obra de José Luis Cuevas nos demuestra que lo importante del arte no es encontrar un código estético medido, mesurable, que tenga una armonía de tradición, de alienación estética, sino el entender los propios valores de la naturaleza misma del ser humano. La simbólica cueviana evoca como una constante los misterios de la aventura humana, es una simbólica que permanece sensible al valor innato de los simbolos fundamentales, que tiende a reducir todo a algunas imágenes-clave, cada vez más sencillas pero jamás agotadas, como los misterios de vida que hace perceptibles. En ella se encuentran presentes, la angustia existencial, el miedo, el rencor, el desamparo, la escondida ternura; su expresión es incisiva y reveladora del estigma de su condición humana, sobre todo humana.
 
     Hoy el arte de José Luis Cuevas se ha elevado desde sus comienzos hasta la cumbre de la perfección en la creación escultórica de la Giganta. Que es el símbolo de una realidad, un símbolo aleatorio que no está determinando un concepto estilístico definido que no persigue una conducta hacia una estructura filosófica o política determinada, sino es el ser humano por el mismo; el arte por el arte mismo, el ser humano a través de su curiosidad hacia lo cósmico.
 
     El símbolo materializado en la escultura de la Giganta cueviana, es demasiado claro y demasiado misterioso para dejarse expresar en juegos conceptuales exige que se le contemple y se le experimente en silencio, más allá de las palabras. Es una emanación, una extensión, un desarrollo, una continuidad cíclica, pero progresiva, una rotación creacional. Sugiere la aparición del movimiento circular que surge del punto original.
 
     Su contemplación nos exige un esfuerzo para volver a encontrar la espontaneidad experimental, esa inocencia del estado nativo, cuya amplia mirada pone en comunicación dos mundos connaturales animados por los mismos ritmos: nuestro mundo interior y el mundo exterior. Su presencia en el ámbito del claustro significa quizá el retorno del viejo símbolo del torbellino creacional, en torno al que se escalonan las jerarquías creadas que de él emanan.
 
      No podemos sin embargo tener, una apreciación completa de la Giganta, sin tomar en cuenta su habitat, su entorno, su casa. Un ámbito donde aún permanencen las huellas de la fe, donde se encuentran presentes los cimientos del pasado, el lugar del nacimiento de la propia historia, esa parte metafísica en la que no creemos. Este recinto alguna vez consagrado, es hoy un reflejo del universo puesto al alcance del ser humano, es un espejo que le devuelve su propia imagen, donde el ser humano experimenta y realiza su vocación de trascendencia. Es imagen realista del cosmos, evocación de las estructuras del mundo y de su mundo interior. Es un sitio en el que se da la grandiosa simbiosis imaginaria del macrocosmos y del microcosmos, cuyas virtudes lleva en si todo psiquísmo humano.
 
      La planta cuadrangular del patio con una cruz inscrita en él, y la escultura de la Giganta en el centro de éste sobre un espejo de agua, corresponden en esta simbólica al esquema imaginario de la cuaternidad, en donde tiene lugar la primera toma de conciencia del aquí-abajo-nacido-del cielo, debido a la estricta interdependencia entre los mundos celeste y terrestre; pues la trayectoria que el sol realiza en el cielo durante el día, describe en el espacio que habita la Giganta, cuatro direcciones principales, las cuatro avenidas por las que adquiere conciencia de su dominio terrestre. La razón está en que el ser humano es un animal esencialmente orientado por su estructura tanto psíquica como orgánica y esquelética.
 
      El ciclo cuaternario da a nuestro mundo físico su ritmo vital más importante, el ritmo de las estaciones; por ese motivo le caracteriza. Este proceso anuncia y realiza el paso del más-allá trascendente al aquí-abajo inmanente, en la intersección de los ejes mayores Este-Oeste, salidas y puestas del sol, con el eje de rotación del mundo Norte-Sur, donde se produce la cruz de orientación total. Vemos así, que el símbolo cuadrangular nace al contacto de la perfecciòn trascendente con lo creado contingente que ella engendra.

     El cuadrilátero es una simple superficie limitada, cercada, cerrada. Hay una frontera. Sì hay un límite existe por tanto la posibilidad para un observador de encontrarse dentro. Esto concuerda con el principio fundamental que establece, que no hay simbología sino con relación y a partir de un ser humano interior llamado centro. La cifra de la cruz también es el cuatro pero lo es más aún el cinco. No se debe considerar los cuatro lados del cuadrado o cuatro brazos de la cruz fuera de su necesaria relación con el centro de la cruz o con el punto de intersección de sus brazos. Este quinto punto es el más importante de la cuaternidad, constituye el centro del cuadrado. Este punto común es la gran encrucijada de lo imaginario. Es el lugar favorable a todas rupturas de nivel, a todos los pasos de un mundo a otro: el ombligo del mundo de los antiguos, el omphalos de los griegos, la escalera ritual de tantas religiones, la escala de los dioses. Por el se comunican el espacio, el tiempo y la eternidad.
 
      Así podemos entender con claridad que la ubicación de la Giganta en este centro acuoso, nos la presenta como caída en el centro de un estanque, a partir del cual nacen y se desarrollan ondas concéntricas que comunican el movimiento original hasta el horizonte de lo creado, pues el centro es ante todo el Principio, además de que las cosmogénesis comienzan por el elemento acuoso. Ella se encuentra simbólicamente en el sitio a partir del cual todo fue hecho; el punto indiviso, sin forma ni dimensiòn, imagen perfecta de la unidad primigenia y final, en la que todas las cosas tienen comienzo y consumación, porque todas vuelven a aquél que las hizo y que no puede asignarles otro fin que su propia perfección absoluta.

     El eje ascencional es el complementario del centro-ombligo del mundo y en este caso, se encuentra representado en la verticalidad de la figura de la Giganta. La verticalización de lo humano es el resumen más adecuado de la evolución por la que la especie animal se ha diferenciado radicalmente de las otras, iniciando un proceso de enderezamiento que hubo de desembocar en la bipedia y en la posición erecta caracteristica de los humanos. La verticalizalización de la figura de la Giganta es la simbolización del eterno misterio del ser humano, que es , el compuesto: cuerpo y espiritu. Es la imagen por la cual se significa el advenimiento del ser humano, del ser dotado de un sentido que le permite actuar en función de una realidad invisible, ausente del mundo de las apariencias. De tal suerte que la Giganta en su verticalidad y su centrismo, simboliza la trascendencia que el hombre reclama ansiosamente. Simboliza el comienzo, el fin y el medio de todo cuanto existe. Se puede ver en ella el origen, la subsistencia y la consumaci6n de todas las cosas, como alfa y omega.
 
      Su figura andrógina, símbolo de la generación perpetua, evoca un mismo y único misterio de vida, la génesis primordial del cosmos al comienzo de los tiempos, la génesis de la humanidad a partir de la primera pareja que apareció en la montaña del mundo, lo mismo que la re-generación de una humanidad caída, a partir del mismo punto de origen. La simbólica de la Giganta representa la simple superposición de dos seres heterogéneos, pero complementarios: mujer y hombre, asociados como el cuerpo al alma. La idea no es la del combate, sino la de dos seres que conviven, que se compenetran, que no forman más que uno, comiéndose mutuamente porque el ser humano es omnivoro hasta en la psiquis; seres que sin cesar pasan del uno al otro.

     La Giganta es la idea de lo carnal asociado a lo espiritual. En ella la solidaridad mujer-hombre, hombre-mujer, queda bien subrayada por la manera como sus formas convergen y se entrelazan en una desconcertante armonía. Su dualismo no se contenta con evocar solamente la composición, sino que se trueca también antagonismo entre la sensualidad de su presencia y la deformidad de sus carnes.

     Los vicios del ser humano están representados en sus deformidades físicas y tal vez en sus rasgos simiescos; en ella se da también la representación de la comedia humana del pecado multiforme y siempre degradante. Sin embargo, y primordialmente la Giganta es la reconciliación de la carne sometida al pecado, con el espíritu que tiende a la altura para la que está hecho. Existe en ella una dualidad dialéctica.

     La Giganta es un todo equilibrado, en el que la cabeza domina el conjunto y fascina. Su rostro impasible y enigmático es la imagen pura del ser humano espiritualizado sin ser descarnado; del ser unificado en sus elementos diversos, que trasciende los conflictos. Con su tocado casi aureola, la cabeza parece como si se ampliara, como si irradiase. La parte superior, celeste y espiritual, ha adquirido la preponderancia en ella, es el ser humano completo, unificado en su forma más elevada.

     De manera tal, que el impacto que tantas personas confiesan haber recibido al entrar en este micro-macrocosmos, se explica, entre otras razones, por la existencia de esas "armonìas naturales": ellas traducen una concordancia profunda de la que todo ser humano conserva una secreta nostalgia. Por todos sus ángulos la Giganta presenta al observador, a un ser quimérico, un personaje mitológico que comprende toda una original concepción de lo humano, un esoterismo insondable.  Le inserta en ella.  Le revela cuanto hay en él de "mejor" o "peor";  por eso, el o ella se sienten espontáneamente a gusto frente a ella,  comprendidos y estimulados, pues en la Giganta reside la plenitud y se reconcilian los misterios y conflictos que envuelven la existencia humana; es la imagen de lo que las cosas fueron antes de ser lo que son, pues no sabemos en qué parte de su metamorfosis se encuentra.  En ella habita un fantasma que es quizá el animal que preparaba ya lo humano, el antepasado mítico que dió a la luz a la tribu y cuyo nacimiento señaló la primera organización del caos.
 
      La Giganta cueviana es una obra de arte cuya perfección parece insuperable, muestra un doble carácter en indisoluble unidad. Es, en palabras de Karel Kosik, expresión de la realidad, pero simultáneamente crea una realidad que no existe fuera de la obra o antes de la obra, sino precisamente en la obra.  

     El lenguaje artístico de José Luis Cuevas expresado en la Giganta, es por tanto, un lenguaje que crea y se mueve en un medio que presenta " lo no  presente", es un lenguaje de cognición, de una cognición que subvierte lo positivo, al evocar, al descubrir y crear una imagen que es Espejo, Espejo de la Vida Eterna. Una simbólica que nos ha de ayudar a explicamos de alguna manera las mortales heridas del ser, a librarnos de nuestros terrores, pues toda angustia objetivada es, de alguna manera, exorcizada, pacificada y abierta a la luz.

FRANCISCO MOYAO

Artìculo publicado en:
Periòdico
Excelsior. 05 de Julio 1992
Mèxico, D.F.

 

 


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