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Por Alfredo Rodríguez Ramírez

(Primera de dos partes)
       

¿Es válido trabajar para otros?

La pregunta como que toma de improviso al escultor mexicano Francisco Moyao (Distrito Federal, 1946)  quien el próximo 31 de octubre inaugura su exposición en la UNITEC Campus Cuitláhuac, y ante su silencio se insiste: ¿Es válido que usted trabaje para alguien más dentro del arte como es el caso de La Giganta?

No, yo no trabajé para alguien –refuta el escultor-, yo trabajé sobre una idea que he tenido desde hace algunos años: el trabajo en colectivo.

Y recurre a la historia del arte para apuntalar su respuesta, retrayendo la idea de cuando las piezas monumentales se hacían en grupo. Sistema que a la fecha no se ha vuelto a repetir. Porque para él, antes se trabajaba con el ánimo de dar y ser al mismo tiempo, sin importar si la pieza estaba o no firmada. Y en ello basa su “relación de motivos”.

No obstante agrega: La Giganta nació cuando yo me planteé la necesidad de trabajar con los símbolos de la obra de José Luis Cuevas. Entonces daba la clase llamada José Luis Cuevas en la escuela de Pérez Verduzco, y suponiendo que esa era la intención fotocopié sus dibujos y los entregué a cada una de las alumnas para trabajar con eso.

Según cuenta Moyao, la idea lo fue cautivando a partir de la incógnita de cómo interpretar un dibujo que guste o no, sea de otra persona. Ahí comprobó que cualquier ser humano es capaz de interpretar a niveles estéticos su propia visión de otra realidad.

En ese trabajo escolar, se realizaron algunos relieves de buena calidad que lo asombraron por el acierto que se logró. Luego afirma: “Y una vez que vi a José Luis Cuevas le dije que quería un día hacerle algo. Entonces empecé con una investigación. Junté algunos de sus dibujos e intelectualicé y conceptualicé la obra. Enseguida me planteé una cuestión que era muy importante para mí: ver hasta que punto existe el conocimiento, o la sensibilidad para interpretar códigos que no son de uno”.“Ello sin menoscabo de la sensibilidad propia al transmitir el conocimiento y la experiencia para producir el fenómeno”.

Luego de la selección concienzuda  a través de un estudio profundo Moyao descartó dibujos y se quedo con tres del que salió el que fue en rigor la génesis de La Giganta. Todo ello coincidió en que se estaba restaurando el edificio del que posteriormente sería el Museo José Luis Cuevas inaugurado el ocho de julio de 1992.

“Una noche me fui a mi taller y tomé el dibujo que había seleccionado, hice la armazón y empecé a modelar la pieza en plastilina.  La maqueta me llevó un año porque de vez en cuando trabajaba en ella. Afirma.

Para hacer la propuesta llevó el dibujo de La Giganta a Cuevas. La altura (ocho metros), el espejo de agua a sus pies, el sitio donde sería colocada, todo estaba considerado dentro del proyecto de Moyao. Y de hecho, siendo Maestro de San Carlos, Moyao conocía el edificio que hoy alberga el museo Cuevas desde que fue bodega, por tanto la pieza no era ajena al lugar, sino que tenía un fuerte sustento en él.

“Es decir, la existencia de La Giganta no es una cuestión de que me hayan mandado a hacerla, porque yo no le hago nada a nadie. Yo trabajo en mi obra y nada más”.

Si bien, La Giganta no puede atribuírsele a Cuevas, el autorretrato que aparece en la rodilla de la obra si le puede ser endilgada. Para Moyao lo más lógico sería creer en lo que decía Cuevas, cuando Televisa lo entrevistó en vivo unas horas antes de la inauguración del museo. Es decir, que el rostro apareció ahí sin ninguna intención de los que hicieron el molde de la obra y mucho menos de él.

Y decía porque ahora en la ficha de La Giganta, el rostro en su rodilla se atribuye a una intención expresa del pseudoautor  al afirmar que este detalle forma parte de una serie que Cuevas trabajó llamada Los fantasmas del Convento. Y que con ello José Luis alude a las presencias sobrenaturales que se dice, pueblan este tipo de lugares.

Pero para Moyao el galimatías es producto natural de una sociedad como la nuestra donde cuesta trabajo vislumbrar la verdad. Donde aparecen cosas y luego desaparecen.

“Para mi lo real es que yo diseñé La Giganta -señala rotundo el creador-.  Y también hay que decir que la ampliación de la pieza la hizo Julián Martínez, y si seguimos sumando hay que agregar a los que moldearon, los que fundieron, los que soldaron y otros.

La presentación

“Cuando terminé la pieza –refiere el artista-, le comenté a José Luis Cuevas quien se interesó por ella. Me pidió que se la llevará y así lo hice ya modelada en plastilina. Se la puse en su mesa y le dije esta es la Gigante”, y luego el le cambió el nombre”.“Le dije, mira José Luis, la escultura es de ocho metros, va al centro del patio con un espejo de agua y la gente que vaya a tu museo se olvidará de todo lo que vea en las salas, pero de La Giganta jamás se olvidará. Esa era la intención”.

“Pero la verdad es que cuando se lo dije, no pensé que se llevara a cabo, porque yo no tenía las pretensiones. No soy José Luis Cuevas y no podía tener sus ambiciones. Si hubiera ido con las autoridades del D.F. jamás me hubieran hecho caso, pero Cuevas es Cuevas a él si le harían caso y así fue”.

De una manera u otra se fueron dando las circunstancias para lograr la concreción de la pieza a pesar de que los cuestionamientos no faltaron como que el tamaño era excesivo, o que cómo que se iba a colocar en el patio, que mejor en la esquina de la calle y otros asuntos. Y luego de los arreglos políticos para que se autorizara el Museo José Luis Cuevas,  el Departamento Central financió La Giganta que luce a sus pies, bajo el espejo de agua la firma de Cuevas  y el año de 1991.

Es decir , Cuevas nunca ha reconocido que La Giganta es obra de Francisco Moyao, ante la complacencia del autor, porque según afirma, lo que lo llevó a hacerla no fue su necesidad económica,  o de prestigio o trascendencia sino de conocimiento: “Me planteé el reto de hacerla y ahí está”. Afirma categórico.

¿Qué ganó con esto? Se le interroga.

Que haya nacido La Giganta.

¿Los derechos de autor a quién corresponderían?

“No , no sé. Eso sería una cuestión jurídica. Pero yo no tengo ninguna pretensión en absoluto, porque sería un absurdo. He trabajado toda mi vida para el arte y pensar que en este caso yo me tenga que pelear por el valor (económico, social) que en una sociedad implica la creación de obras, no es mi pretensión”.

Francisco Moyao explicó a Cuevas que la pieza era tan sólo una propuesta diferente a las que se venían dando como de que sí es factible trabajar conjuntamente para poder llegar a algo .

¿Y no cree que esta idea suya de poder trabajar en colectivo debía haberse reconocido?

“Pues si –afirma con un poco de fastidio-, y de una manera u otra lo mencionó Cuevas, pero esas ya son cuestiones eminentemente personales... Ahí entran juicios críticos y de valor . El que yo manejé  fue el juicio crítico con José Luis Cuevas. Pensando que las cosas a nivel social tienen respuesta en ese mismo plano”.

“Además cuando determinó que él iba a firmar la pieza todavía mostró cierta renuencia porque entró en un juicio moral. Vi que le fue muy difícil tomar esa decisión, pero mi trabajo no es convencer a mis semejantes”.

¿Y sí la firma usted, la pieza se hubiera desvalorizado?

“Bueno, si. En mi exposición dentro de la UNITEC voy a presentar tres cabezas que trabajé también a partir de dibujos de Cuevas. Las piezas están firmadas por los dos aunque Bertha se haya molestado. Quería que sólo Cuevas firmara. A mi me parece risible su actitud”.

“Yo le dije que como artista no puedo dejar de hacerlo sobre todo porque ello implica responder a mis actos. Y que yo no hago eso con el afán de hacerme famoso o tener más ventas. Yo no trabajo a esos niveles”.

“Yo estoy en busca de los valores más trascendentes, no materiales; ni siquiera en el objeto mismo sino como un apoyo en la propia actitud del ser humano”.

 

Entrevista publicada en:
Periódico Novedades, sección C, página 10.
Viernes 18 de agosto de 1995.
México, D.F.

 


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