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Por Francisco Moyao


       Las obras que componen la exposición que se presenta hoy, 4 de noviembre de 1992, bajo el título "Nostalgia de un pasado presente" en la Academia de San Carlos, formaron parte de la exposición que se presentó en el Museo de Arte Moderno de la ciudad de México en el año de 1976, en un momento en que el racionalismo geométrico surgió como la fuerza dominante, moldeando nuestra concepción del presente y "del futuro".

      Los temas predominantes del concepto de modernidad que prevalecían entonces, se expresaron artísticamente en la corriente que se denominó como "Geometrismo Mexicano" y cuya expresión tuvo como base, la estética de las formas exactas de la era de la máquina.

      La propuesta artística que desarrollé entonces, partió de la concepción de una nueva estética que veía en la geometría simple, en la armonía matemática y en la precisión absoluta de todos los elementos, la celebración de un aparato industrial que podía producir, como nunca antes, los recursos del bienestar material universal. Esta nueva estética nos habría de liberar de las cargas estilísticas del pasado y su misión sería, en el mejor de los casos, la de generar dispositivos y estructuras adecuados para lograr la armonía social, utilizando al "estilo moderno" como recurso para la socialización bien regulada.

      La corriente geométrica surgió en México como un estilo perteneciente a nuestro propio período, y se le identificó como un signo de avance, de progreso, como el emblema de un orden superior. De tal suerte que se convirtió en la metáfora más palpable del momento histórico de su surgimiento.

      Sin embargo, si bien es cierto que el geometrismo representó una búsqueda de las verdades elementales de la honestidad de una expresión, así como las visiones de la propia vitalidad moderna, con su abundante energía; sus intenciones se volvieron cada vez más pasivas y su contenido radical enmudeció, porque la forma principal de cambio que alentaba, se circunscribía en la prevista "obsolescencia de estilo". Con el tiempo se vio despojado de gran parte de su imperativo social y reducido a ser una nueva cualidad o carácter otorgado a un producto.

      En mi caso, la transvaloración de la estética geométrica se hizo tangible como consecuencia de la crisis económica que sucedió a los años 70's. El optimismo inspirado por el advenimiento de la era de la alta tecnología industrial y de su abundancia, había quedado atrás. La transformación de la realidad económica del país, me exigió replantear mis concepciones: mi visión de la belleza abstracta, de su equilibrio de líneas, proporciones y masas, no correspondía ya al carácter del presente y futuro inmediatos.

      En ese momento cuestioné la común suposición de que el "estilo" nos proporciona, de forma absoluta, las maneras de entender a las sociedades, la nuestra y la de los demás; puse entonces en tela de duda, la capacidad del "estilo" para codificar y transmitir valores e ideas. Me percaté de que los aspectos críticos de la vida moderna no podían enfocarse simplemente encontrando un estilo "apropiado", conveniente para la época moderna. Era necesario redefinir la época misma; el estilo debía alentar y promulgar una integridad orgánica de pensamiento y acción, concepción y ejecución, diseño y materiales. Decidí así desarrollar un lenguaje que fuese más universal que particular, alejado del concepto tradicional de "estilo", como elemento significativo de poder que se enlaza a la vida social, política y económica. Y me avoqué a ello, buscando adquirir mediante la investigación experimental en diversas expresiones plásticas, un lenguaje de carácter interdisciplinario que me permitiese llevar a cabo propuestas creativas menos convencionales, es decir, más abiertas a la especulación del espectador.

      Mi decisión de no consolidar, a la manera tradicional, un motivo que me fuera característico y que identificara mi singularidad y prestigio como artista, se debió al deseo de alejarme de los caminos trillados del "estilo formal", cuya cacofonía incongruente de imágenes esparcidas a lo largo del paisaje social conduce, paradójicamente, a una virtual "ausencia de estilo". Por ello, mi interés se ha dirigido, desde entonces, a hacer de mi obra plástica el testigo de mi auto-transformación como individuo, y para esto he partido del fundamento de que el principal elemento productivo es la propia personalidad humana, que ha de renovarse continuamente. Ello supone una intensa interacción entre individuo y sociedad, que nos permita llegar a alcanzar una sensatez existencial porque como sabemos, el arte carece de valor en tanto no ha sido objeto de una auténtica experiencia humana.

      Debemos pues entender, que su función original es precisamente esa revelación existencial del ser humano a sí mismo. Ya que, en la medida en que el arte no constituye una realidad separada de la realidad humana y social, sino que tiene el carácter dialéctico de la praxis humana, no sólo reproduce la realidad histórico-social sino que también la produce artísticamente.

      Por tanto, el artista ha de pensar, expresar y objetivizar aquello que es negado por la pseudo-concreción del pensamiento común, ha de trabajar en la realidad establecida contra la realidad establecida, haciendo de la obra de arte una nueva perspectiva global del mundo, que nos presente posibles mundos alternativos al mundo existente.


Artículo publicado en:
Catálogo de la Exposición "Nostalgia De Un Pasado Presente. Francisco Moyao. Escultura"
Academia de San Carlos, DEP, ENAP, UNAM. México, D.F. 1992

 


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